Si no me equivoco la primera nota que publiqué en “Sólo Fútbol Femenino” llevaba el nombre “Francia, veintiún años después”. Se refería a una vivencia personal del pasado que se unía con una del presente de ese entonces de una manera bella e inesperada: de tener cuatro años y juntar el álbum de figuritas del mundial de fútbol masculino de Francia 1998, pasaba a poder ser testigo privilegiado del mundial de fútbol femenino en el 2019, gracias a estar en el momento justo y el lugar indicado que unía ambos momentos.

Por: Lucas Fernández Rendina

Hablo de  Francia. Hoy, un año después de ese viaje personal, que comenzó con una beca de la UBA por mi carrera de Sociología y pasó mágicamente por una butaca del Parc de Princes, me siento a recordar toda esa aventura.

¿Cómo no sentir mil cosas al volver a ver todas las fotos? Solo pasó un año pero parecen más, sobre todo con la pandemia en el medio. Todo comenzó en España, un mes después de haber terminado con la cursada de mis estudios en Lyon. Buscando mi camino, yo venía de una experiencia fallida trabajando en un hostel en Sevilla y sus ferias, y como pájaro caído que necesita recuperarse estaba refugiado en Madrid, en lo de la tía de un amigo que me dio el necesario asilo. Por algo que exactamente no me acuerdo (es posible que haya sido alguna nota en internet) en algunas de esas caminatas en las que me buscaba por Colmenarejo y acompañado por una novela de Saramago, volvieron a mi cabeza el fútbol, la selección de las chicas y la oportunidad de vivir un mundial en primera persona.

De repente eso daba sentido al viaje. Volver a Francia y transcurrir el último mes de mi intercambio inmerso en la mística mundialista con la posibilidad cantar el himno en suelo extranjero me volvía a motivar. Sin pensar mucho saqué las tres entradas para los partidos de Argentina y llamé a mi prima Camila que por ese entonces residía en París. A los pocos minutos sabía que me podía quedar en su casa para el primer y el tercer partido. Después me acordé de Matthieu y Romain, unos amigos que había hecho en Londres y que por casualidad (o causalidad) vivían muy cerca de Le Havre (sede del segundo partido de las chicas). Me dio mucha alegría cuando también aceptaron hospedarme y para sumar algo más: querían ir a ver el partido conmigo, algo que finalmente sucedió.

Pero algo me pedía más. Algo que también había estado ahí desde chico, las ganas de escribir y contar querían sumarse a la aventura, y entonces se me ocurrió ofrecerme como corresponsal para cubrir lo que venía. ¿Por qué no? Y ahí salió, desde Zaragoza (creo) un mail para probar suerte a un medio que cubría el Fútbol Femenino que a su vez me había pasado la novia de un compañero de facultad. La respuesta de Andrés Perez me entusiasmó tanto como creo que lo entusiasmó a él el correo que yo le había enviado. Y en solo unos días pasaba de limpiar baños en un hostel en Sevilla a cubrir el mundial de fútbol femenino en Francia.

Y lo que vino fue hermoso de verdad. Porque esa misión y sus capítulos le dieron sentido a mi último mes europeo: las notas escritas desde Toulouse y París aprovechando el wifi de los Starbucks y los Mc Donalds, las madrugadas en las que salía en vivo para la radio charlando con Andrés y Compañía, tratando de no hacer ruido y sabiendo que estaba toda la familia del otro lado, el descubrir un mundo nuevo del fútbol que venía haciéndose lugar hace rato, empujado por mucha pasión y lucha, el primer himno que sonó en el Parque de los príncipes, el penal atajado por Vanina Correa en la lejana Le Havre (Cuando éramos solo un puñado de argentinos y argentinas entre una marea roja de ingleses e inglesas), el atardecer soñado en ese estadio, y por último, la remontada heroica contra Escocia. ¿Cómo no va a dejar huella todo eso y más?

Después del mundial vinieron cambios, jugadoras referentes que se fueron (confieso a mi me sorprendió) y otras que buscaban terreno se asentaron. Comenzó a implementarse el profesionalismo, por lo poco que sé, entiendo que con más lucha que promesas cumplidas. Tengo que confesar que no es mi fuerte el seguimiento del fútbol femenino, pero si estuve prendido a la pantalla para la final de los Panamericanos, nuevamente emocionado y expectante como en Francia. Y si eso no es un cambio, para alguien que solo miraba fútbol masculino, ¿qué es?

Si no me equivoco, la última nota que escribí para Sólo Fútbol Femenino se llamaba “Fueron el fútbol”. Fue justamente hecha para comentar lo que había experimentado en ese 3-3 histórico en París frente a Escocia. Más allá de lo increíble que fue esa remontada, yo me quiero volver a quedar con lo que esas chicas me transmitieron dentro de la cancha esa noche. Esperanza. Y esa es la sensación más linda que entiendo el fútbol puede transmitir: que cuando todo parece perdido, siempre queda una gambeta, una corrida, una avivada y una jugada que puede encender la chispa que cambie todo. Eso es ser el fútbol. Es ser esperanza. Eso fueron Banini, Jaimes, Correa, Cometti, Bonsegundo, Bravo, Larroquette, Menéndez, Ippolito y compañía…

¿Mi deseo para lo que sigue después de esta pandemia paralizante? Que se le siga dando el lugar al fútbol femenino que se merece. Qué falta mucho tiempo, luchas y concientización para eso, seguro. La de este fútbol es una historia más de batalla que lujos. Pero estoy seguro que ya llegarán, como llegó Francia, otras aventuras mundialistas del fútbol femenino que nos tocarán el alma.

Viernes 26, junio de 2020

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