Hoy me saco el cassette de lo políticamente correcto. Me salgo totalmente de la estructura de una nota periodística, porque hoy les hablo desde la hincha, no desde la periodista. Que de hecho, tampoco creo ser tan buena periodista, porque a veces necesito tutoriales para no manchar mi neutralidad con lo que siento. ¿Cuántas cosas puede generarme una selección de fútbol que lo tiene todo para crecer y no lo hace? Quienes dicen creer en ellas, ¿Realmente creen?

Por: Macarena Jorge Caamaño (@macajorgec)

Cuando me sumergí en el mundo del fútbol femenino, dejé de lado mi exitismo y resultadismo gestado y legitimado en el masculino; dejé de fijarme en los marcadores, en los puntos, porque en una disciplina en desarrollo eso es irrelevante, porque el crecimiento es el único marcador que importa. Pero los goles como las tarjetas amarillas, también tienen mensajes entrelíneas; advertencias, placeres, sufrimiento y consecuencias. El femenino es eso: la congoja del disfrute. Básicamente nos arremangamos, desde el puesto de cada cual, y vimos que remo podíamos agarrar. ¿Cómo cooperar en un ambiente rechazado por el escepticismo y la cobardía de quienes lo ven como una amenaza que desplace a los varones? Los tres resultados de la She Believes Cup los teníamos spoileados, los sabíamos. Lo que estaba en suspenso era el factor si, suerte de broma lingüística, podíamos creer. Creer en quienes no invierten, no en el fútbol. Porque fútbol hay, pero sin oportunidades, de nada sirve que haya.

Mi relación con la selección es tan encontrada que jamás pensé sentir tantas cosas a la vez. Nunca pensé tener que fastidiarme tanto para poder disfrutar un poco del deporte que miro desde que tengo uso de razón. Y allí disfrutar se vuelve imposible. Hoy me gana la impotencia, y ante todo, el cansancio. Me cansé de tener absolutamente todo en contra; a la asociación, a la dirigencia, al técnico, a los machistas, a quienes les jode que una mina sea futbolista, a los poderosos y a quienes se ponen el traje de la igualdad pero sólo se arremangan para cobrar. Me cansé de quienes aparecen en los festejos “de las pibas”, pero cuando “las pibas” la pasan mal y hay que cuestionar, desde su lugar de privilegio, desaparecen. Me cansé de que se cuelguen de una disciplina que antes de ser deporte, es una lucha. Me cansé de que las mismas caras sean las humilladas, y que el honor por tener la camiseta más hermosa del mundo las lleve a intentarlo de nuevo, y sean ellas solas contra todo. Me cansé de la falta de autocrítica, de la terrible cobardía que te hace huirle a un micrófono y explicar que está pasando hace más de dos décadas. Me cansé de la gente que denigra a una mujer con su misma bandera puesta de camiseta. La impotencia de ver jugadoras, generaciones de jugadoras, con un potencial de élite desperdiciadas por la incapacidad de los dueños del boliche. De jugadoras promesas a las que le aplazan el futuro sin razón. Con experiencias en el exterior, en el país, con copas, con trayectoria, con preparación, que se han codeado con las mejores, que se rompen enteras pero sólo se chocan contra una pared. Un muro que lejos de ser el de Berlín, es la gran muralla China: no conseguimos derribarlo.

Foto: Gentileza AFA

El femenino me enseñó que el fútbol es un factor de cambio y una construcción de identidades, y luego viene el deporte. En juego hay valores, discursos, construcciones, estructuras e identidades que se van encontrando mientras una pelota rueda. Y como todo deporte en equipo, las individualidades nos alejan del gol. Como en tantos gobiernos políticos, Argentina es un país con todos los climas, suelos y materia prima habida por haber, pero nunca bien administrados. El equipo del fútbol femenino tiene materia prima de excelencia, tiene adn y lo que entra y sale por los pulmones es fútbol, pero quienes tienen el poder de decisión no lo ven. Este equipo necesita del interés de personas idóneas, capaces y ante todo, aunque no se pueda vivir del amor, que amen el deporte, la camiseta y que crean. Que realmente crean, porque las jugadoras creen, pero ellos no. Porque en una disciplina con casi un siglo de invisibilidad, de demoras, de censura, discriminada, olvidada, bastardeada, burlada y humillada ¿Quién va creer? Ellas, sólo ellas. Pero ellas no toman las decisiones ni tienen la libertad y el rol de proponer lo que necesitan para mejorar, porque si lo hacen, puede que no vuelvan a vestir más esa camiseta. Entonces, en la disyuntiva perversa, se opta por el amor a los colores. No es romantizar, no es victimizar, no es sensacionalizar, es lo que es. El fútbol femenino lo entendí como una cadena; si se cree, se invierte, se genera, se vuelve a invertir, sigue creciendo, los espacios mejoran, el desarrollo continúa y el nivel social y futbolístico crece. De vuelta: ¿Ellos realmente creen? ¿O es por moda? ¿Obligación? ¿Discurso de campaña para que las mujeres se sientan incluidas? Creen en la modernidad por implementar tecnología -que tampoco la implementan en el femenino- cuando la igualdad de oportunidades es el verdadero futuro.

Probablemente me quede muchísimo para decir, pero de tan solo pensarlo ya me cansa porque lo he dicho tantas veces que lo redundante, lejos de grabarse en la memoria, aturde y el mensaje es efímero. A veces el amor desmedido por este deporte y la ilusión de que las jugadoras tengan lo que se merecen se despinta en un solo segundo, porque el fútbol no siempre es merecer. Pero tampoco es hacer, ¿Cuánto han hecho estas deportistas que siguen sin dar el gran salto en un país que respira fútbol? En el país que atan una media en una cancha de tierra para jugar, las futbolistas son destratadas y descartadas por el simple hecho ser eso, futbolistas mujeres. La deuda externa con el FMI, y la deuda de las oportunidades con las mujeres en el fútbol.

Una amiga me dijo “Siento que estamos solos y solas en esto, que a nadie le interesa las cosas que están pasando” y quizás si, quizás estamos muy solas y solos en esto».

Jueves 25, febrero de 2021