Fueron el fútbol


El pasado Miércoles 19 de Junio, las pibas argentinas se jugaron su propia final del mundo frente a Escocia. He aquí una humilde pero hecha-con-amor crónica de ese partido que representó tantos partidos al mismo tiempo.

Por: Lucas Fernández Rendina (Corresponsal / Mundial de Francia)

La noche casi cae por completo en el Parc des Princes. La temperatura es agradable. Finalmente no apareció la tormenta que se esperaba y hay un hermoso viento que roza la piel. Una gaita se escucha desde alguna tribuna y un canto se repite cada cinco minutos: “Scotland, Scotland…”.

Foto: Gentileza AFA

Y como para que no griten, van setenta minutos del segundo tiempo y Erin Cuthbert acaba de romperle el arco a una Vanina Correa vencida, luego de tapar con lo último de sus fuerzas un cabezazo en el área chica. Perdemos 3 a 0. Ya está todo dicho. Miro al grupo de argentinos que me rodea y ninguno lo puede creer, yo tampoco. Las banderas azules con sus cruces blancas se flamean por todo el estadio, arranca un “Ole, ole…”, el público internacional levanta en andas a las vencedoras y humilla a nuestras pibas. A continuación, una de las chicas que tengo atrás lee un mensaje que su hermano le envía por Whatsapp desde argentina: “¿Ya me hicieron caso y se fueron a cenar o siguen sufriendo ahí?”. El novio de la chica que recibió el mensaje, maldice al hermano que escribió con sarcasmo, pero ese enojo no nos da vuelta el partido. Siguen pasando los segundos, son segundos lentos y pesados. Segundo cambio para Argentina, ya no tenemos a nuestra díez ni a nuestra nueve en cancha. Las únicas representaciones de esperanza en este momento las encuentro, primero en una chica atrás mío, que tiene puesta la camiseta de Platense y que su cara me resulta muy tierna: “Vamos chicas, aunque sea nos merecemos un gol” dice tratando de gritar con poca voz. La segunda, en esa chica bajita de botines verdes que acaba de entrar corriendo a la cancha. Su forma de correr me dice algo que no puedo terminar de descifrar, pero no, no quiero, elijo que no, no me voy a ilusionar, faltan
veinte minutos y perdemos tres a cero.

¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Cómo se nos fue diluyendo la ilusión? Hago memoria…

Todo arrancó también aquí, en el Parque de los Príncipes, pero ya hace casi dos semanas. Fue contra Japón, éramos muy pocos argentinos y argentinas, habíamos llegado en subte o en bici, hoy somos muchos más pero con este resultado menores son las ganas de gritar. Ese primer día no entendíamos muy bien de qué venía la cosa, no sabíamos si ésta copa del mundo iba en serio, si era un divertimento de turno de los franceses o si era una excusa para estar en París y recorrer la torre Eiffel con la camiseta puesta. Cuando volvíamos a nuestros hogares ese Lunes, jamás comprendimos lo que significaba el empate histórico ante Japón. Después tocó Inglaterra y el viaje a Le Havre, visitar Normandía y sus acantilados, estar rodeado de camisetas inglesas rojas, perder por la mínima y ver como nuestra arquera, vestida de héroe, volaba para tapar un penal increíble. No podíamos generar una situación de gol, pero el público veía en la selección argentina una entrega que no es moneda corriente en los países europeos.

Foto: Gentileza FIFA

Y hoy tocaba el tercer capítulo, ese que nos podía dar la clasificación. Como siempre hicimos el mismo camino, tomamos la línea nueve del metro, recorrimos las inmediaciones del estadio con los ojos abiertos al intercambio cultural innato de cada mundial, y compramos nuestros vasos de gaseosa con el logo de la copa del mundo para llevar de souvenirs a nuestras familias. Escuchamos el himno emocionados, desde adentro o desde fuera de la cancha mientras pasábamos los cacheos de seguridad necesarios. Encontramos nuestros asientos, nos buscamos con la mirada. Hoy éramos más con la celeste y blanca puesta.

Hoy las chicas empezaron el partido desde otro lado, la velocidad era otra, el rival daba más espacios, los pases eran más y a su vez eran ofensivos. La formación un poco remodelada acompañaba este planteo, se sumaba Mariana Larroquete y nos hacía acordar al partido de ida contra Panamá, allá cuando todo estaba por escribirse. A los quince minutos, el travesaño nos hizo gritar un gol que nunca fue. Ahí teníamos ilusión verdadera que podíamos ganar el partido. Pero, sin saber cómo, por un desborde y un rebote que jamás pudimos agarrar, ya perdíamos uno a cero a los diecinueve minutos.

Llegó el entretiempo, las escocesas estaban contentas, nuestras pibas preocupadas. Teníamos que meter dos, no era imposible, pero ese travesaño maldito seguía en nuestra cabeza, como la frase que dice que “los goles que uno no hace en un arco se hacen en el otro”.

Me cambié de ubicación esquivando las miradas policiales de los voluntarios de la Fifa, que quieren que cada uno esté en su respectivo lugar, sentadito, en silencio viendo el partido sin hacer problema. “Vamos a hacer un poco de hinchada y patria” pensé, quizás inocentemente, y me escabullí hacia unos asientos vacíos cerca de un grupo de seis camisetas celestes y blancas que me recibieron con un abrazo. También estaba con ellos una chica con la remera de Platense y una bandera argentina de tamaño mediano que, en ese momento y para mi, representaba el telón más grande de mi vida.

Foto: Gentileza FIFA

Los primeros tres minutos de la segunda parte del partido me la pasé buscando aliados para empezar algún cantito o ayudar en alguno de los débiles “Argentina, Argentina…” que el grupo de chicas que se encontraba en la platea lateral del estadio comenzaba cada tanto. Mención especial para ese grupo de pibas presente en los tres partidos, no las conozco, pero hay que valorar su constancia y aliento. En el cuarto minuto del complemento desistí mi impulso pasional, ahora perdíamos dos a cero después de un cabezazo de Jennifer Beattie. Comenzaba a aparecer un vacío muy triste entre todos los que vestíamos la celeste y blanca, un compatriota de unos asientos más a la izquierda no pudo contener su tensión, se paró, gritó algo contra los escoceses y se fue casi al ras del campo. Cada uno encontraba su paz como podía, aunque claramente no podía ser gracias al partido.

A los sesenta, salió nuestra díez Estefanía Banini y entró Milagros Menendez. Nadie entendió el cambio, pero me gustó como, sobre todo los chicos argentinos que estaban atrás mío, tampoco lo entendían y criticaban al técnico. “Las chicas ya ganaron” pensé, hicieron que nosotros, los que nos creíamos que éste era un deporte masculino, nos involucremos sentimentalmente en lo que pasa adentro de su cancha. Algo parecido mostrarían luego las imágenes que circularon por las redes, en dónde se podía ver a muchos hombres entusiasmados frente a las televisiones de las vidrieras electrodomésticas de Buenos Aires. Postal que hasta hace poco, sólo era monopolio del fútbol masculino.

Escocia mete un nuevo gol y entonces en el presente perdemos tres a cero.

A los sesenta y nueve minutos, la noche casi cae por completo en el Parc des Princes. La temperatura es agradable. Finalmente no apareció la tormenta que se esperaba y hay un hermoso viento que roza la piel. Una gaita se escucha desde alguna tribuna y un canto se repite cada cinco minutos: “Scotland, Scotland…”. Entra a la cancha una piba bajita de botines verdes. También entró hace unos minutos Milagros Menéndez, y de algún lado se escucha “a ver si esta es la del milagro…”. Hay que reconocer que nuestra esperanza toma más la forma de chiste que de creencia.

Foto: Gentileza FIFA

El reloj marca entonces 71 minutos, en el aeropuerto Charles de Gaulle acaba de despegar un avión con rumbo a Nueva York, cerca del arco del triunfo turistas chinos sacan todos juntos sus cámaras ultra modernas, en el estadio Parc des Princes, sin poder procesarlo, la pelota cae por primera vez en los pies de esa piba pequeña de botines verdes. En poco tiempo, somos todos testigos de un momento de fútbol puro: quiero decir un momento de encare, un momento de rebeldía. Y las escocesas no saben como, pero en dos minutos esa pibita de botines verdes las está sacando a pasear por toda la punta izquierda. Se pasa a una y lleva para el otro lado a otra. El público se levanta, algo del viento cambia. Y si bien su primera jugada no termina en nada, a los dos minutos esa pequeña e inocente Dalila Ippolito habilita a Milagros Menendez, y Argentina mete su primer gol en esta copa del mundo, a veinte minutos de que se cierre por siempre el portón de oportunidades.

Lo gritamos como un golazo, tanto lo teníamos atragantado, que lo gritamos con furia. Tenemos quince minutos, ¿podemos esperanzarnos? Un “Argentina, Argentina” más prometedor comienza a surgir y de repente nos damos cuenta que eramos muchos y que podíamos gritar fuerte. Las escocesas empiezan a tener miedo, tratan de meter el cuarto, pero ahí aparece la madre de este equipo, aparece Vanina una vez más para decir “acá estoy yo”.

El partido acaba de entrar en un ritmo frenético, impensado hace diez minutos, la afición vibra porque se da cuenta que apareció el juego. Es Flor Bonsegundo, que animándome desde afuera del área por primera vez en casi toda la copa, logra hacer rebotar la pelota en el travesaño que luego la misma caiga del lado interno de la línea de meta. Delirio asegurado para el sector de argentinos y argentinas que salta, ahora si, en una coreografía sincronizada de grito de gol. Nuestros cantos crecen enormemente, y los franceses, que durante todo el partido habían apoyado al ganador, se dan cuenta que algo ha cambiado, que el fútbol volvió a nacer desde los pies de estas pibas y comienza a cantar como puede las letras que forman el nombre de nuestro país. Nos miramos con la chica de la remera de Platense, tratamos de empezar un “Vamos vamos argentina…” pero el griterío es tanto y de todos lados baja el delirio que no importa. Nos sentimos una fuerza imparable, un tsunami de fútbol que cae sobre las costas escocesas y que sólo tiene un objetivo: empatar este partido y demostrar quienes somos. El muchacho que se había ido de su asiento también lo sabe, vuelve y se suma a la desenfrenada hinchada naciente.

Foto: Gentileza FIFA

Tal será la fuerza de las chicas, que a los cinco minutos Aldu Cometti pisa el área como si estuviese jugando de volante por izquierda en lugar de defensora. Flor la habilita como puede y ese arrebato de coraje, las escocesas solo lo pueden parar con una patada que tratan de esconder. De primera, la referee china no cobra nada, pero es tan fuerte el grito desde las tribunas que los asistentes del VAR analizan una y otra vez la jugada, y finalmente nos dan un penal que no es solo un penal. Tal será el grito y tal esa marea imparable que el equipo se siente y que viene desde la Copa América, quizás desde antes, desde esos dos mundiales sin participar, quizás desde México 71 o de los años de olvido y lucha, tal será el pasado, que este penal en el último minuto de juego no es solo un penal: es un premio a la lucha y la constancia de estas mujeres deportistas. Pensándolo bien, es un premio a la lucha de todas las mujeres argentinas, las de adentro del campo y las de allá, las que van invisibles empujando este mar de fútbol. Ya no importa si será gol o no, este penal, esta oportunidad de igualar tantos partidos a la vez, se grita con el cuerpo, se grita con el alma.

Y el final feliz es una obviedad, al principio no me lo creo cuando Alexander le tapa a Flor Bonsegundo el primer penal, algo tiene que andar mal. No necesitamos esperanza, la ilusión diluida atrás ahora es seguridad, y la seguridad es nuestra norma. Alexander se había adelantado, entonces el penal se repite y Flor Bonsegundo, esta vez mucho más segura, impacta con fuerza la pelota clavándola abajo, abofeteando la red. Y el delirio es tanto de la hinchada argentina como de nuestra goleadora tirada en el pasto y mirando el cielo negro que la recibe con su inmensidad. Vivimos tanta alegría en estos segundos como no pudimos tenerla en los dos partidos anteriores. Y revoleamos nuestras remeras o cualquier cosa que tenemos en la mano, y la chica de la camiseta de Platense tiene lágrimas en los ojos. La miro emocionándome yo también: ¿qué historias habrá atrás de ese llanto?. Siento que aunque suene metafísico, el “Argentina, argentina…” que empieza después del gol, llega en forma de viento hasta Normandía, hasta Inglaterra, hasta Japón, da la vuelta al mundo y aterriza lleno de calor en el invierno de Buenos Aires.

Y este muchachito de ya veinticinco años, que una tarde de 1998 salía del jardín de la mano de su abuela, escuchando una sirena de ambulancia que anunciaba un gol que venía desde Europa, hoy tiene en Francia una sonrisa de oreja a oreja. Grita nuevamente un empate que huele a campeonato mundial y que vaya a saber uno, abrirá tantas puertas y saltará tantas vallas como sean necesarias. Ojalá que muchas más que aquellas que ya no existen para estas pibas de oro argentinas, que para quién escribe, han logrado algo más grande que volver a la Argentina con una copa del mundo. Vuelven siendo el más hermoso y puro fútbol, estas chicas vuelven siendo ejemplo, vuelven siendo leyenda y sobre todo, futuro.

Junio de 2019